Inspiración

¿Cómo convertirnos hoy en valiosos músicos?

Beethoven, Mozart, Bach y Paganini nos dejaron pistas concretas. Explorarlas es también una forma de volver a nosotros mismos.

Violinista tocando dentro de una orquesta

De chica me hacía esta pregunta con la inocencia de quien sueña en grande sin tener aún las herramientas para responderla: ¿sería posible convertirnos hoy en músicos tan valiosos como lo fueron Beethoven, Mozart, Bach o Paganini? ¿O es una ambición desmedida? Con los años seguí haciéndomela, y lo que comparto acá es un intento de respuesta, construido desde mi propia experiencia como intérprete y desde lo que aprendí observando a otros músicos, antiguos y contemporáneos, que admiro profundamente. No pretendo enunciar una verdad cerrada, sino abrir una aproximación que invite a pensar por cuenta propia y a experimentar en la práctica diaria.

El valor de esos artistas —apenas unos pocos nombres entre tantos— es imposible de ignorar, incluso para quien escucha su música sin ninguna formación. Cuando nos disponemos por completo a escuchar, esas obras nos atraviesan la mente y el espíritu con una intensidad particular. Hay estudios que confirman lo que la propia experiencia ya sugiere: la música afecta de manera distinta a oyentes sin formación musical, a oyentes formados, a intérpretes en el momento de tocar y a compositores. Es lógico que la intensidad crezca en ese orden, pero lo que más me conmueve es que ni siquiera hace falta saber música para que la música nos transforme. Genera experiencias internas que modifican nuestro estado de consciencia, activa zonas del cerebro que solemos usar poco, mejora la memoria, la velocidad de procesamiento y la toma de decisiones. Y encuentro algo que no veo con la misma intensidad en ninguna otra actividad humana: la música despierta un estado de consciencia profundo que nos empuja a actuar. Para mí esto es lo esencial, más allá de lo estético, porque evolucionar como especie requiere justamente eso, ampliar la consciencia y actuar en coherencia con ella. No es casualidad que Albert Einstein, además de físico, fuera violinista, y que recurriera a su instrumento cuando no lograba resolver un problema: tocaba en la cocina, de madrugada, improvisando mientras pensaba, hasta que de pronto exclamaba: "¡Lo tengo!".

Por qué hoy nos cuesta tanto crear algo que perdure

Vale la pena preguntarse por qué, a pesar de contar con una ventaja tecnológica enorme, hoy nos resulta tan difícil crear música nueva que trascienda con la misma intensidad que las grandes obras del pasado. ¿Perdimos inteligencia? ¿Cómo pensaban esos músicos que hoy apenas estudiamos? ¿Qué hábitos tenían? ¿Qué pasaba en sus mentes en el momento exacto de crear?

Creo que no se puede enseñar a ser artista, ni enseñar a crear, porque eso nace de la experimentación individual y del crecimiento interno de cada uno. Pero sí podemos rastrear en la historia ciertas características de los músicos más valiosos que nos den pistas sobre los caminos que recorrieron y sobre cómo funcionaba su mente. Es una ventaja que ellos, al menos en la misma medida, no tuvieron.

Comparto algunas de esas pistas, las que a mí más me movilizaron a pensar y a tomar acción.

Lo que nos enseña mirar hacia atrás

Conocer la historia de la música es, para mí, un elemento necesario en la formación de cualquier músico. Si observamos la producción musical a través del tiempo, vemos un crecimiento notable de la creatividad a partir del año 1600, con el inicio del período Barroco, hasta llegar —me atrevo a decir— a su punto más alto en 1824, con el estreno de la Novena Sinfonía de Beethoven, sin dejar de mencionar que su Tercera Sinfonía, en 1803, ya había sido decisiva para iniciar ese cambio. La Novena marcó un antes y un después: representó una presión enorme para los compositores de esa época y de las siguientes, que sintieron el deber de seguir haciendo evolucionar la música. Ese impulso intentó continuar, pero desde entonces la intensidad creativa parece haber ido disminuyendo gradualmente, con una caída más marcada desde mediados del siglo XX y, sobre todo, en los últimos años. Sé que esta idea puede chocar: desde 1950 hasta hoy existe muchísima música popular valiosa. Pero comparada con las grandes obras del pasado, inevitablemente se ve pequeña. No por eso deja de tener valor, aunque creo que hay una oportunidad enorme en profundizarla, en desarrollarla más. Pienso que tenemos mucho por hacer, no solo para acercarnos a esas obras maestras, sino para apoyarnos en el nivel que alcanzaron y seguir evolucionando la música desde ahí.

Los músicos antiguos —compositores e intérpretes— solían tener un "oído interno" muy desarrollado, porque sin tecnología de grabación, la única forma de disfrutar la música era crearla ellos mismos. Eso los llevaba a dominar en profundidad las posibilidades sonoras y técnicas de todos, o casi todos, los instrumentos para los que componían. Podían imaginar con total libertad cada combinación posible entre ellos. Hoy, en cambio, con suerte dominamos las posibilidades técnicas y sonoras de un solo instrumento, lo cual limita nuestra capacidad de imaginar el abanico completo de opciones disponibles. Por eso solemos crear para formaciones más pequeñas: nos faltan las herramientas para sostener algo de mayor intensidad.

Ahí encuentro una oportunidad concreta: profundizar todo lo posible el conocimiento sonoro y técnico de los instrumentos que nos interesen, para ir construyendo en la mente una verdadera biblioteca interna de sonidos y combinaciones. Así, frente a una idea musical, podemos construirla con fluidez desde la parte inconsciente de la mente, que procesa una cantidad de información muchísimo mayor que la parte consciente. Sin ese trabajo previo, seguimos limitados a la hora de crear.

La imaginación es más importante que el conocimiento.

Esa frase de Einstein me parece clave para entender otro problema del músico de hoy: encontrarnos, una y otra vez, con que nuestras ideas se parecen demasiado a las de las grandes obras del pasado. Creo que se debe a que dedicamos tanto tiempo a estudiar el trabajo ajeno que no terminamos de desarrollar nuestro propio mundo interno, y por eso tampoco logramos llevar las ideas de los grandes maestros hacia lugares nuevos. Estudiar a otros es importante, pero no debería hacerse en detrimento de las habilidades que más importan. A veces el miedo a pensar que "ya está todo inventado" nos empuja a crear algo más simple, más liviano, más fácil de digerir para el público. No está mal en sí mismo, pero deja pasar la oportunidad de hacer algo más profundo, más útil para quienes escuchan.

Lo que Beethoven nos dejó escrito sobre su propia mente

Beethoven, por su sordera creciente desde la adolescencia, usaba cuadernos para comunicarse con quienes lo rodeaban, hoy conocidos como sus "cuadernos de conversación". Son un tesoro porque nos permiten conocer, en sus propias palabras, cómo pensaba. Hay un fragmento en particular donde intenta describir su proceso de creación musical, y que releo cada tanto:

"La música es una arquitectura de sonidos. Llevo mis ideas conmigo mucho tiempo, a veces demasiado, antes de escribirlas. Tengo una memoria tan fiel que estoy seguro de no olvidar nunca un tema que he concebido una vez, aunque pasen años. Cambio muchas cosas, las descarto y vuelvo a empezar tantas veces como haga falta hasta quedar satisfecho. Entonces empieza en mi cabeza la elaboración a lo largo y a lo ancho, en altura y en profundidad, y como tengo clara consciencia de lo que quiero, la idea que fermenta en el fondo no me abandona jamás. Sube, empuja, oigo y veo la imagen en todo su desarrollo, se alza ante mi espíritu como en una fundición, y ya no me queda más trabajo que ponerla por escrito. ¿Me preguntan de dónde obtengo mis ideas? No puedo decirlo con certeza; surgen sin ser llamadas, inmediatamente o por etapas. Podría atraparlas con mis manos, en la naturaleza, en el bosque, paseando, en la calma de la noche, en la aurora; lo que las suscita es cierta disposición del espíritu, que se manifiesta en palabras en el poeta, y en mí, en sonidos, resonando, ruidosos e impulsivos, hasta que al fin se convierten en música."

De ese texto rescato varias cosas. La primera es que Beethoven no parecía priorizar el papel escrito como punto de partida: se sabe que tampoco solía componer desde el piano, sino que trabajaba enteramente desde su mente, como la mayoría de los grandes compositores. Hoy en cambio solemos perdernos en las herramientas teóricas, en detrimento de las habilidades esenciales para crear, cuya única fuente real —incluso la fuente de toda teoría— está en la experimentación directa con el sonido. La partitura es un puente valioso entre la música que suena en la mente y la que finalmente ejecutan los músicos, pero es apenas eso: un medio, no la obra en sí misma.

La segunda observación es el nivel de memoria que describe, algo poco común hoy. Con esa capacidad, cualquier intérprete podría incorporar en poco tiempo el repertorio de años enteros, incluso sin el instrumento en las manos, liberando la atención de la lectura para ponerla íntegramente al servicio del sonido y la técnica.

La tercera es la perseverancia: construir toda esa arquitectura sonora en la mente, sin las limitaciones que impone crear directamente desde el instrumento, acotadas por nuestra técnica y por el tiempo que lleva ejecutar cada idea.

Y la cuarta es el origen mismo de sus ideas. Beethoven admite que no puede precisar de dónde vienen, pero las asocia a cierta disposición del espíritu, un estado mental particular que se traduce en sonidos y luego en música. Entiendo que, cuando la consciencia decide crear algo determinado, busca en el inconsciente los sonidos necesarios para construirlo y los ordena en esa arquitectura, mostrando después el resultado ya armado a la mente consciente. Por eso creo que Beethoven, o Mozart, hablaban de escuchar de pronto una obra completa en su cabeza, de manera casi instantánea. Es algo que muchos músicos experimentamos con la práctica sostenida, y que está al alcance de quien se lo proponga.

El tiempo, la disciplina y un intercambio más justo

Los músicos antiguos disponían de más tiempo para cultivar sus habilidades, y por eso ejercían una fuerza de voluntad y una disciplina notablemente mayores a las nuestras, sin el beneficio de la tecnología actual que hoy multiplica nuestros resultados. Muchos eran sostenidos por reyes, aristócratas o familias adineradas, y quienes tenían las habilidades y la fortuna necesarias podían dedicar casi todo su tiempo a componer.

Nuestro sistema actual no siempre ofrece un intercambio justo para quienes hacemos música. Esa desvalorización está arraigada culturalmente, y muchas veces nos obliga a sostenernos con trabajos que nada tienen que ver con nuestro arte, en lugar de dedicarnos por completo a crear el mayor valor posible para los demás. Ahí veo una tarea urgente: que como músicos construyamos nuevos mecanismos de intercambio, coherentes con la cantidad y la calidad de lo que aportamos, reduciendo intermediarios y conectándonos de manera directa con quienes valoran nuestro trabajo y quieren acompañarnos a seguir creciendo. Una economía honesta, donde las dos partes ganan lo que es justo.

Ya reconocimos el valor inmenso de la música. Creo que todos podemos convertirnos en músicos valiosos si dedicamos el tiempo y la energía necesarios en la dirección correcta. Tenemos pistas sobre varios de los caminos que llevan hasta ahí, y ninguno depende solo del talento con el que nacimos: todo se puede desarrollar, sin importar el punto de partida. Recordando siempre que, para crecer y sostenernos, también necesitamos generar un intercambio justo, coherente con el valor que ofrecemos. Y volviendo a la idea del comienzo: hay mucho que podemos hacer, no solo para acercarnos a esos grandes músicos, sino para apoyarnos en el nivel que alcanzaron y seguir evolucionando la música desde ahí, parados sobre hombros de gigantes.

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Ser un músico valioso hoy no depende solo del talento con el que nacimos, sino de cuánto nos animemos a seguir formándonos.

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